El
reloj, se despierta antes del amanecer.
Me
resulta muy difícil enfocar las pupilas
cuando
el sol está en el tercer sueño.
Me
deshago del abrazo de las sábanas
y
comienzo el ritual:
Entro
en mi santuario,
una
cálida lluvia, me espera contenida.
Suelto
las riendas,
dejo
que me acaricie.
En
las cuencas de mis manos
caben
aromas de romero,
me
envuelvo en ellos,
renacen
mis sentidos y yo también.
Limpia,
perfumada y despierta,
ciño
a mi cuerpo la felpa suave
que
bebe la humedad de mi piel.
Un
paso más allá un reflejo nebuloso,
insolente,
no aparta la mirada.
Recorro
su contorno, la niebla se disipa
y
me enfrento a una imagen de tez rosada,
finos
surcos enmarcan sus ojos.
Huellas
mudas
de etapas vividas que me suenan.
Una
colección de frascos de colores
reclaman
ser usados:
elijo
uno, embadurno mi rostro,
y
rezo para que sea verdad lo que prometen
sus
pequeñas letras.
Luego
otro:
una
cobertura que oculta mi piel
bajo
tonos de sol.
Después,
decoro mi mirada a juego con el iris
y
mis pestañas, casi invisibles,
reaparecen
al vestirles de color.
Mis
labios, saludan entreabiertos
al
rojo carmesí que les dibuja.
Miro
el reflejo antes desconocido y sonrío: